EL PARAGUAS
by J.L.H. Neira
Llovía. Pedro acabó de recoger la mesa de su despacho colocando en distintas bandejas los expedientes ya resueltos, los que requerían consulta y los que pensaba estudiar al día siguiente. Se levantó, cogió su gabardina, el portafolios y el paraguas en el mismo orden que todos los días y salió de la oficina. Al salir a la calle, abrió el paraguas y, como de costumbre, se alegró de haberlo comprado, negro, amplio, magníficamente armado sobre un esqueleto de varillas de acero: un paraguas para toda la vida.
Nada más poner el pié en la calle, un bulto enfundado en un poncho con capucha, en pantalón corto y zapatillas deportivas, pasó corriendo a su lado pisando en el charco que él, con sumo cuidado, estaba tratando de evitar. ¡Será imbécil!, pensó. ¡Y con este tiempo! ¡Cada día está la gente más loca!. Anduvo un poco calle abajo y miró el reloj de pulsera. Sí, aún tengo tiempo, se dijo, no habrá nadie en casa todavía. Cerró cuidadosamente el paraguas, lo sacudió suavemente y entró en la cafetería en la que, de vez en cuando, sus empleados, cuando no podían ir a casa por exceso de trabajo, se quedaban a comer.
Su mesa habitual estaba vacía. Se acercó a ella y dejó colgado el paraguas del respaldo de una silla. Se sentó pesadamente y pidió un café. Cansado, incapaz de fijar su pensamiento en nada, le parecía ver pasar por su cabeza todas las imágenes del día confusamente entremezcladas con otras que no podía reconocer. Tal vez momentos anteriores de su vida, que prefería no recordar, ensoñaciones sobre deseos insatisfechos, sueños no cumplidos... No importa, pensó. Las cosas van bien. He ido alcanzando mis objetivos. Tengo una buena y bien ganada posición. Nada malo, previsible, puede suceder. Una ojeada al paraguas le hizo sonreír. Miró de nuevo a la calle, ¡diluvia en la vida de tanta gente!. Si, también él había tenido problemas en el pasado. A veces su matrimonio se había tambaleado, pero había sabido arreglarlo y, sobre todo, prevenir futuros problemas. Todo iba bien, como la seda, todo estaba en calma, en orden.
Un sonido corto, seco, le trajo a la realidad. ¡Perdone!, oyó decir a alguien que recogía su paraguas y volvía a colocarlo en su sitio.
Continuaba lloviendo. Su coche se había averiado al llegar a la oficina y no pasaba un solo taxi. Era realmente incómodo esperar en la cola del autobús, una cola de paraguas cuyas varillas se acercaban, a veces peligrosamente, a los ojos. Se estaba haciendo tarde y el autobús no venía. Debería llamar para avisar, pensó. María y los niños estarán ya en casa. Lo intentó pero sin resultado. ¡Que raro que no cojan el teléfono!, se dijo. Bueno, tal vez estén en casa de los vecinos: a María le gusta mucho hablar y los niños se llevan bien con los de al lado.
Guardó el teléfono. Un coche que circulaba muy próximo a la acera les salpicó inesperadamente al pasar. ¡Imbécil! ¡Mira por donde vas!¡Cabrón!, oyó. La verdad es que no sé por qué chillan, se dijo, chillar no sirve de nada Mejor hubieran hecho en ponerse un poco más atrás, pensó. Se me está haciendo tarde y llueve demasiado. Vio venir un taxi, a lo lejos, plegó apresuradamente el paraguas y echó a correr hacia él.
En el taxi, sin querer, volvió a retomar el hilo de sus pensamientos. El calor de la calefacción le fue invadiendo llenándole de una sensación placentera. Se sentía bien. Se irguió un poco y se inclinó hacia delante apoyando la barbilla sobre el mango del paraguas. ¡Había llegado a ser alguien!, claro que se lo había ganado a pulso. Si, María, su esposa, le había echado una mano pero si él no hubiera valido...
Bajó del taxi. La lluvia no cesaba. Al acercarse a casa observó, encendidas, las luces del salón y las de los dormitorios . Debe hacer poco que han llegado, pensó. Entró en casa y llamó.
- ¡María!¡Niños!¡Ya estoy aquí!
Nadie respondió a su llamada. Dejó el paraguas en el paragüero, subió las escaleras, y se dirigió al dormitorio de los niños. ¡Qué extraño!, no están, se dijo. ¿Por qué se habrán dejado las luces encendidas?
- ¿María?, dijo mientras se acercaba a su dormitorio.
Entró en la habitación. No había nadie. ¡Qué raro! ¿Habrá pasado algo?.
Suspiró profundamente y se dejó caer sentado en la cama, del lado de su mujer, apoyándose inconscientemente sobre uno de los cajones de la mesilla, algo entreabierto. Con el peso, el cajón hizo bascular la mesilla empujándola hacia el suelo. Con un movimiento rápido la sujetó sin poder impedir que el cajón cayera al suelo, .... vacío.
podía dar crédito a lo que veía. Se levantó y corrió hacia la cómoda. Abrió uno a uno sus cajones:
....... vacíos.
Se precipitó hacia el armario con la garganta agarrotada y el corazón desbocado. Con movimientos bruscos, abrió las puertas y .... nada, no había nada. Suspiró profundamente, salió del cuarto y entró en el de los niños abriendo armarios y cajones: igualmente vacíos.
Bajó lentamente las escaleras con los brazos colgando a lo largo del cuerpo, se acercó a la puerta y tropezó con el paragüero que cayó al suelo. Abrió la puerta. Afuera continuaba lloviendo. Se volvió y vio el paraguas entreabierto en el suelo. Miró de nuevo a la calle y salió y continuó calle abajo. La lluvia no cesaba.